jueves, agosto 10

Grave yards

A lo lejos una mujer canta una canción de cuna, arrulla en sus brazos a un regordete y moreno niño, envuelto en pañales, le dice bajito al oido que se duerma, por favor, que pare de llorar. Tiene hambre, le duele por dentro, tiene ganas de gritar y llorar. Toma una tijera y corta de pronto el llanto, se siente tibio ese breve espacio, alucinogeno, erronamente correcto...

A lo lejos se siente un grito sordo, como aullido de gato, los pelos de mi nuca se erizan, no es frío, no es placer, es simplemente miedo, como cuando estas a punto de caer al precipio sin saber si la cuerda aguantara tu peso, mi corazon late rápido, al doble de lo normal, siento la nariz helada aletear, no se bien si correr o llorar, presiento que algo anda mal en mi guardia, odio las noches de cementerio a oscuras, sin luna llena que me acompañe. Silbo, mi perro se acerca, el también tirita, y tampoco es frío, presiente lo que yo ya se...

Ilumino con el haz de luz, a la derecha, a la izquierda, y para estar seguro de que todo ira bien, a la derecha nuevamente. No hay nada, suspiro-respiro. Doy media vuelta y vuelvo a mi caseta, pongo agua en la tetera y sirvo un tazon de lata con una sopa en polvo, huele rico, sabe mal. Alguien toca la puerta, mientras la sopa humea, me tiento a hacerme el dormido. Abro la puerta de mala gana, una mujer con ojos llorosos me pide perdón. me entrega una manta ensangrentada y una tijera. Se sienta en mi silla y toma mi sopa, yo solo atino a cerrar la puerta y levantar el telefono.